lunes, 12 de mayo de 2008

Crónica de viaje

Glorias de mi tierra: El tejate

Apenas repunta el sol, el verdor de las canteras deviene hacia esmeralda. El poblado de Villa de Etla vuelve a la vida con el bullicio típico de su mercado, baluarte del folclor y de la cultura oaxaqueñas.

 

No se puede imaginar Etla sin las inmensas lajas verdes que colman sus construcciones. Pareciera que la tierra reclama con recelo la maternidad de sus canteras, pues no es fortuita su cercanía con las más viejas minas de piedra verde. La orografía divina se dignó agraciar los valles centrales de Oaxaca con el color de la esperanza, según contara la mítica caja de Pandora.

 

De tal suerte, desde el piso hasta las paredes de la iglesia, así como los viejos portales, destellan con la dureza de las esmeraldas que reverdecen aún más cuando son regadas por la lluvia o el rocío o, como en esta ocasión, por el agua que las marchantas riegan en el piso para barrer sin hacer polvo.

 

El puesto de quesadillas se ensambla con el esmero de su propietaria, y unos metros más atrás, en una pequeña fonda, los primeros comensales degustan como desayuno un espumoso chocolate a sopeadas de una hogaza de pan de yema con anís. No se dan abasto con el sabor, cuando una niña de fulgurosos ojos negros les trae, directo del comal, una tlayuda de quesillo con chorizo, de la que se escapan fabulosos aromas de asientos de manteca y frijoles negros.

 

En la entrada que da a los portales, Margarita García, doña Mago, como le apodan de cariño, apresta los enseres necesarios para ganarse la vida un día más. Llega a prisa, a las carreras, ni siquiera deja lo que hace al murmurar “ahorita lo atiendo joven”.

 

Casi con aires de prestidigitador, hace aparecer en una pequeña mesa dos tinas, una pequeña de plástico con una gran bola de masa dentro, y otra más grande, de barro. También se hace de un viejo trapo, un garrafón de agua, dos cubetas de diferentes tamaños y largas bolsas de vasos desechables.

 

–¡Apúrale con el hielo, mija!

 

Del interior del mercado, la hija de doña Mago acarrea con unas pinzas enormes un bloque de hielo, que coloca al costado de la mesa de su madre, para luego comenzar a despedazarlo con un picahielos.

 

–Ya, disculpe usté, joven. Es que se me hizo tarde porque ayer estuvimos todo el día en la Feria del Tejate. –comenta la señora Mago, mientras comienza a ablandar la masa.

En el lado opuesto de la mesa, junto a mí, espera observando la señora Martha, paisana de Nochixtlan, atenta a los diestros movimientos de doña Mago. –¿Ahh sí y en dónde fue eso, oiga?

 

–Pues fue en Huayapan, seño. –¿Ahh, Huajuapan para allá para México? –No, no, esto es por la sierra de Juárez, rumbo a Ixtlán. Es Huayapan, San Andrés Huayapan.

 

Ante mis ojos incrédulos, doña Mago, quien rebasa tranquilamente los cincuenta años, y no alcanza siquiera el metro y medio de estatura, había estrujado la masa por más de diez minutos hasta que le agregó agua para seguirla batiendo. Todo con sus manos desnudas.

 

–¿Por qué no usa una batidora eléctrica, doña? –Pregunto en toda la ignorancia que mi calidad de chilango posmoderno entraña.

 

–No, es que así con mis manos yo puedo saber la temperatura de la masa, y es importante porque necesito saber si le pongo más agua fría, si no, no sale la flor. Por eso es mejor así, y así siempre lo hemos hecho.

 

Mientras transcurre la conversación y Doña Mago sigue haciendo alquimia con los elementos del agua y de la masa, más sedientos, curiosos y antojadizos se acercan alrededor de la mesita.

 

–¿Y qué es eso de la flor? –Es una florecita que crece del maíz –¡¿Ah canijo, en serio?! –Sí, nomás que sólo crece allá en Huayapan, de donde somos. Allá le dicen Güie Bijne, porque es zapoteco. Quiere decir rosa de cacao.

 

Después de haber visto a la cazuela almacenar una bola de masa, con otro tanto de agua de garrafón, totalmente separada de la masa, soy testigo de cómo se han incorporado para dar paso a una cazuela con una mezcla perfectamente homogénea, de la cual sólo escapan algunos grumos, que doña Mago deshace con infinito arte y paciencia.

 

Al momento llegan una pareja de poblanos, intrigados por la rareza de la exquisita mezcla al fondo de la cazuela. –¿Qué es eso, señora? –Es tejate. Lleva maíz molido, cacao blanco y hueso de mamey. Se endulza y se sirve frío. Pruébelo usté.

 

Como en todo buen espectáculo, el número más asombroso queda para el final. Ante la espesura que ha adquirido la masa después de tanto batir, Doña Mago coloca una mano en el fondo de la cazuela, mientras toma con la otra una jícara para verter agua fría sobre la muñeca de su primera mano. El resultado es magia: del fondo de la cazuela salen pequeños borbotones de agua, que se cuajan en la superficie para dejar una capa porosa de la mezcla, que antes era perfectamente lisa. Así continúa Doña Mago hasta cubrir, de pedazo a pedazo por chorro de agua, la entera superficie de la gran cazuela de barro.

 

¿Quiere que se lo sirva en vaso, para llevar, o mejor se lo sirvo en jicarita? ¡Pa’ que se lo tome como se debe!

 

Apenas oye la respuesta, saca un montón de jícaras de guaje, pintadas con bellísimas flores rojas. En una de ellas agrega primero el brevaje dulce que contiene en una cubeta, y luego la mezcla previamente batida, la cual acomoda con esmero para dejar la “flor” cubriendo la superficie del autóctono envase. Al final agrega un generoso pedazo de hielo.

 

El tejate tiene un sabrosísimo dejo de atole, pero mucho más ligero y refrescante. Al tomarlo se vienen al paladar pequeños trozos, gránulos a lo más, de sus ingredientes milenarios, mientras que en los labios se queda una fascinante sensación grasosa que provoca la “flor” del maíz.

 

Una jícara de tejate al medio día es todo lo que una gente cansada puede pedir después de caminar por el incesante calor de los valles oaxaqueños. Refresca, nutre y enorgullece.




Crónicas de mi barrio

Don Talachero

Pues muchas cosas pasan acá por la Juan Escutia, la mera frontera entre Iztapalacra y Minezota. En realidad, yo llamo barrio a todo esto que recorro en la cotidianidad, no me preocupa delimitar mi caminar, ni mi historia a los escrúpulos oficiales con que se establecen las colonias y las delegaciones. Tan es así, que esta historia sucedió, en realidad, en la colonia Pavón, el primer barrio bravo de Neza; ahí mismo donde hace cinco meses persiguieron a un cabrón ratero hasta antes de llegar a la Avenida Texcoco, donde lo alcanzaron dos plomazos de un policía gordo del viejo regimiento que está en la esquina. Es también ahí donde la deficiente política de control antirrábico permite que deambulen jaurías enormes de perros que andan tras de la dama en brama. Pinches perros, casi les tienes que pedir permiso para pasar por que al más mínimo descontento ya te andan pelando los dientes. Pues es en este pintoresco crisol, donde se funden momentos y personas día a día para crear historias, fue donde se dio la coyuntura necesaria para que me encontrara con Don Talachero. La neta no sé cómo se llama, lo he frecuentado por años, pero nuestra relación se limita siempre a comentarios sobre llantas, válvulas, parches vulcanizados, clavos, dibujo, antiderrapante, pibote, tapones, rines y demás porquerías necesarias para poder disponer del coche; esporádicamente también intercambiábamos impresiones sobre nuestras vidas y sobre la vida. Ésta costumbre se vino haciendo más y más frecuente desde que comencé a ir sólo; es decir, sin mi papá, que era quien manejaba la diplomacia, a mi sólo me tocaba la parte técnica, lo referente a verificar que al ruquito no se le fuera a ir el patín y la defecara en las talachas, cosa que nunca pasaba.

 

En esta ocasión no llevé el chevy. Pepe había reventado la noche anterior otra llanta del Corsa y no se quiso arriesgar a llevárselo, por aquello de no disponer de la refacción, que justamente tiende a necesitarse cuando no está. Fue un miércoles... en realidad no lo recuerdo, pero supongo que fue así, por que es el único día que pude haber estado por mi casa durante la mañana. Llegué al taller donde, a diferencia de otras ocasiones, no estaba el señor sentado en la pila de llantas viejas que tiene apostadas a la entrada, a manera de sillón. Me tuve que entremeter al taller para echarle un grito; mientras lo hacía observé el mismo panorama que recordaba de la vez anterior: un modesto cuarto de seis por cinco metros, sin mayor ornamento que la cara del tabicón embadurrada con cemento; muchos instrumentos que apenas rebasaban lo rudimentario, distribuidos a lo ancho del cuarto; los posters de viejas en bikini, y otras en traje de rana que posan impúdicas en los calendarios que distribuye Bard, Bosch y otras marcas de la industria automotora; y madrales de llantas de todos los tipos y tamaños regadas a lo ancho de aquel modesto taller. Eso sí, cada cosa estaba donde debía de estar; el orden hablaba de la calidad con que el señor desempañaba su trabajo.

 

En eso estaba, cuando salió por la puerta de al lado. Parecía fotografía; será por que siempre usa el mismo overol azul con las iniciales de la SETRAVI, que mantiene como costumbre de trabajo, reminiscencia de aquellos años en las dependencias de gobierno. Traía los mismos zapatos negros, viejos pero bien limpios; la misma cara morena lacerada por el tiempo en los profundos surcos que dibujaba su expresión, el mismo bigote tupido y canoso, muy a juego con su cabello, que mantenía el mismito peinado que le recordaba de siempre: corto y ligeramente de lado, con la raya a la izquierda. En realidad hay pocas personas cuyo nombre te remite directamente a una huella visual, pero por la constancia de este señor en su apariencia, fácilmente me acuerdo de él cuando oigo hablar del viejito talachero.

 

-¡Quiooooobo muchacho, ¿cómo está?!

 

Su efusivo saludo de inmediato me hizo sentir en confianza. Le platiqué sin problemas del nuevo problema en las llantas. En realidad nunca es necesario, es como simple protocolo para darle a entender que no lo he ido a visitar por alguna novedad. Es más, siempre responde lo mismo:

 

-Cómo no hijo, ahorita lo checamos.

 

Sólo le indiqué que era la llanta que venía en la cajuela, la bajé y la tomó para rodarla hasta la entrada a su taller, donde tiene todas sus herramientas a la mano, aparte de una generosa sombra natural que se forma por la alta cornisa de una ventana en la planta alta. Ahí tuvo lugar el mismo ritual de siempre: lavar la llanta, checarla en la pileta de agua jabonosa, quitarle la válvula, esperar a que se desinfle, desmontarla del rin y pasar a la inspección manual para detectar parches viejos y clavos nuevos; es asombroso el rigor metodológico que mantiene el viejito a pesar de sus años, eso es lo que habla de un buen trabajo. Y es desde ahí desde donde empieza el adoctrinamiento, el señor enseña con su actitud a ser bien hecho; cualquier otro gañán se hubiera saltado pasos y habría hecho cualquier porquería, pero no el viejito, ese señor es tan confiable como aquellas cosas viejas que no se mantienen por eficiencia, sino por edad.

 

Es en ese inter cuando se intercalan las conversaciones de una forma maravillosa. Hablamos de la vida y de la talacha, pero a veces parecemos hablar de lo mismo por que la simpleza de situaciones como esta, en presencia de un personaje como éste, permiten incluso hablar de la vida como una talacha, por que a veces eso lo que es; las analogías y las metáforas no son propias sólo de un carácter ocioso, sino de la facultad observativa de una persona que tiene el humanismo necesario para ver señales de vida donde el ritmo acelerado de la cotidianeidad no las ve. Aparte, las personas mayores son más propicias a esta actitud, puesto que se hayan en el entendido de que han hecho lo que les ha correspondido hacer en la vida, sin prisas por hacer todavía más, y remiten su serenidad a aquello que durante la vida han aprendido a hacer, cediéndole una calidad incuantificable en que parece importar más la manera de hacer las cosas, que la cosa en sí. Parece como si hubieran entendido de alguna forma durante su andar lo que dice el verso: la felicidad no está en llegar a la cima de la montaña, sino en la forma de subir la escarpada. Esa sabiduría es savia pura que alimenta a un joven como yo que vive en la desesperación por acabarse el tiempo, antes de que suceda al revés; la avidez por hacer las cosas de forma práctica y sin sentido desmerita su procedimiento y afecta directamente el resultado final.

 

En eso encuentra el señor un parche viejo, despegado de la cara interna.

 

-Uuuuuy hijo, la rodaron baja.

 

Tenía razón el viejo. El cabrón de Pepe por andar a las carreras no calibró bien las llantas y rodó la delantera de la izquierda con menos libras de presión de las que le correspondían; la presión contra el pavimento hizo que se pandeara el dibujo y que se levantara el parche.

 

-Sí señor, es que ese cabrón nomás anda a las carreras. Con eso de que ya trae novia.

 

-Uuuu no, pues no mijo. Es que así está cabrón; si anda ocupado en el otro hoyo, ¿cómo va a ver los hoyos de la calle?. -Pinche viejo rasposo, todavía se la saca con sus bromas, pensé mientras me cagaba de la risa.

 

-No, es que cuando es uno joven es bien distraído. Si yo me acuerdo... Fíjate, a los 21 años ya andaba de camionero por el norte; pasaba a cargar gasolina al otro lado para ahorrarme una lana. Tenía permiso para internarme 40 millas, pero a mí me valía madres. Si me crucé tranquilo hasta Canadá... ¡son más de dos mil kilómetros mijo!.  -Siguió contando mientras llevaba la llanta adentro del taller para montarla en el aparato donde vulcaniza.

 

-No, pero a mí que me duraba. Es que cuando es uno joven se quiere acabar el mundo a puños. Nooo mijo, si me cae, chico se me hacía el mar pa’ echarme un buche de agua, de veras. Ahora ya es otra cosa, nomás salgo en mi arañita aquí al Estado de México, tranquilo, para visitar el fin de semana a mi sobrino que vive acá por Tianguistenco. Vamos a Chalco, vamos a Toluca... ahí nos la llevamos despacito mijo.

 

Me inspiró la vehemencia con la que evocaba su pasado. En esa simpleza de lenguaje, saturado de groserías, y en construcciones gramaticales sencillas me recitó el sentir del célebre "juventud divino tesoro, ya te irás para no volver...", pero un sentido mucho más amplio y aun, con más belleza. Sólo viejos como éste son capaces de transmitir un conocimiento significativo de la vida, por el símple hecho de que la han vivido y de que eso forja en el alma una impresión muy diferente a la que confiere un título académico; por que creo que el filósofo más brillante no lo fue más por ser filósofo que por tener experiencia en la vida. La sabiduría no se aprende, se adquiere, se vive. Incluso los antiguos lo entendían así y le concedían al viejo un lugar en el concejo, por que sabían que las decisiones importantes requieren invariablemente de ese conocimiento profundo, que trascendía en importancia al conocimiento de la caza, del tejido y de la guerra. Hoy las edificaciones personales se derrumban por que la sociedad occidentalizada, ciega en su pragmatismo, ha relegado al viejo al papel de mantenido, puesto que no le puede aportar un conocimiento práctico y utilitario, que remunere a corto plazo. No existe en la construcción humana, ni el sentido, ni la identidad, ni el sentimiento; perdemos cuánto de humano tenemos para pertenecer a una sociedad liviana, cimentada en una ideología liviana que es detentada por una cultura igual, que por dicha livianez pierde la riqueza y la esencia misma de la vida.

 

Hay que valorar a los viejos.

Control de lectura: Acerca de Octavio

Antes de opinar cualquier cosa sobre el poeta, necesito confesarme enormemente ignorante de su obra.

 

Creo que el pedestal en el que se encuentra puesto por los entendidos de las letras, siempre despertaron en mi un prejuicio –estúpido como cualquier otro–, ante un paradigma de la alta cultura; situación que me llevó a ignorar con más deliberación que indiferencia la escritura de Octavio.

 

Digo Octavio, precisamente, tratando de humanizar al personaje que parece tan lejano en las adulaciones de las personas que he referido antes, y que me hacen ubicarlo en una esfera totalmente distinta a la mía, llena de trivialidades, de juegos de video, de historietas, de bares de mala muerte y de amigos ñeros.

 

Pues toda esta falsa impresión hoy cayó con más fuerza que la cabeza de Zidane sobre Materazzi en el último mundial.

 

Sin hacer un falso alarde, las breves pero sugerentes líneas que el profesor agregó a la antología de Paz me hicieron de pronto olvidar toda la faramalla del nobel mexicano que se ensanchaba en el discurso erudito. No importó si fue de izquierda o de derecha, si fue embajador, si recibió tantos premios o si nació en Mixcoac; sólo importó la magia de la poesía.

 

Así, de “Entre el irse y el quedarse” al “Decir: hacer”, pasando por el compendio de “En Uxmal”, me fascinó cada una de las intenciones que cargaban sus palabras.

 

No sé si soy sensible o si Octavio lo fue, pero cómo no estremecerme cuando habla de la ingravidez de la poesía entre el decir y el hacer, de esa maravillosa confusión que rompe las barreras de los formalismos y permite a la poesía involucrar cualquier rincón de lo humano, poesía desde la boca hasta las manos, las piernas y los huesos. Pero lo mejor, ¡planteado todo esto ante una vaca sagrada de la teoría del discurso y del leguaje, como lo es Roman Jackobson! Me dieron ganas de volver a mis clases de Teoría del Discurso para azotar el poema en el escritorio de la maestra y decirle: ¡Ahí está dicho todo, ya no la haga de emoción!

 

Y el caso de Uxmal me deja sin aliento, sólo con imágenes y sensaciones. Tengo la fortuna de haber estado en Uxmal, pero aunque no hubiera sido así, la impresión hubiera sido la misma. Es que ¿cómo no maravillarse con las columnas que bailan con el sol, sin moverse, o con la luz que se despeña, o con el color del canto de un ave? Es la invitación más certera que he encontrado acerca el vivir este lugar. Yo vi a las columnas danzar sin moverse, según el movimiento del sol en el crepúsculo, y fui testigo del efecto de la gravedad en la luz que desciende por las montañas, y he sentido más de una vez un extraña frecuencia luminosa en el canto de un ave de la selva. De verdad que leerlo es volver a vivirlo, y lo es, incluso, con una viveza particular.

 

Pero si me he de quedar con algo de Octavio para esta clase, es con el texto de “Un aprendizaje difícil”, por dos principales razones.

 

La primera es porque nunca hubiera yo mismo hallar palabras tan certeras para describir el escozor y el sufrimiento inherentes a la juventud y a la vida del estudiante, a esa casi eterna adolescencia que le rinde tributo a su nombre a cada momento, y que me conflictúa por no oirlo mencionar en ningún lado, como si solamente en mi existiera.

 

La segunda razón es el reconocimiento que hace a la figura del maestro en cada momento, pues aunque lo retrata como casi un sádico, siento que se acerca más a la realidad que reafirma el carácter difícil del aprendizaje, en lugar de idealizarlo como algo bonito y divertido. Como dice Savater: “todo educador tiene que ser antipático, porque somos como las hiedras, crecemos contra la pared”.

 

Y en este último apartado reconozco y agradezco la férrea vocación y el esfuerzo que hicieron todos los maestros por cuyas clases he pasado, desde la miss Miriam, en el kinder, hasta el profe Juan Carlos.

 

Así como esta primera experiencia me ha permitido acercarme de forma más humilde a él y a llamarlo Octavio, estoy confiado en que mi gusto por su obra crecerá naturalmente hasta un momento en el que tenga la voluntad de llamarlo de forma sentida: Don Octavio Paz.

domingo, 13 de abril de 2008

Crónica

Sangre y Arena

Si algún ingenuo creyera que sólo en la plaza de toros se vierte sangre en suelo arenoso, que sepa ahora que el drama de aquella vieja historia revive a menudo en otras plazas, más populares y menos histriónicas.

 

Así, la arena calurosa del Campo No. 3 de Ciudad Universitaria fue testigo de la bestialidad humana, cuyas pasiones levanta la magia del fútbol. No hubo toro, ni banderillas ni rejoneo, ni verónicas, ni paseillo, ni matador, ni juez de plaza; sólo hubo sangre y arena.

 

Pululaban las nubes grisáceas en el Valle de México. Los medios de comunicación advertían la precontingencia ambiental, cuando el popular Real Zamesta se congregaba en la jardinera de piedra volcánica que divide al campo 3 del 4, ambos cubiertos con una fina arena que pareciera de Los Cabos, entre la que se hayan piedras, agujetas, corcholatas, ramas, hojas, latas y otros despojos de la comunidad universitaria.

 

La finura del escenario recordaba lo más selecto de las canchas de fútbol llanero del Anahuac, como las de Ecatepec, Chimalhuacán, Ixtapaluca, Chalco o Ciudad Neza. Mientras, para solventar el problema de la elegancia deportiva llegaban al terreno de juego el Sobastián, el Juanelo, el Ñeric, el Petito, el Paco, el Capi, el Monterrey, y otros personajes de la más baja calaña de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

 

El sol abofeteaba la cara de los cracks arriba mencionados. Apenas cruzaron la línea de cal para entrar al campo, regresaron huyendo a la banca quejándose del calor, para aplicarse un poco de protector solar que alguien había llevado y que rolaba entre las manos de todo el equipo.

 

Los guerreros del Real Zaesta se preparaban para la batalla cual si fueran espartanos dispuestos a entrar al estrecho de las Termópilas. Lucían ceremoniosamente las playeras, los tacos, calcetas, espinilleras, bandas para el cabello y otros artículos de guerra.

 

En eso estaban cuando alguien se dio cuenta que el otro equipo llevaba también playeras rojas. Pareciera que todos evocaban la estrategia espartana del rojo, como artilugio para evitar que el enemigo supiera que sagraban, en caso de herida, y así lucir siempre feroces e intimidantes. Cinco minutos más tarde los pichichis del Real parían chayotes para encontrar playeras blancas con las cuales entrar a la cancha, pues su señoría el árbitro –el Berna– así lo quiso.

 

Se dio el pitazo inicial, al que siguió un primer tiempo sin más gracia que los goles del Monterrey y del Sobastián, y la cara de gasparín que se cargaba el Petito por el medio litro de protector solar blanco que se había embarrado.

 

En la banca, la porra oficial observaba atenta el desarrollo del juego. Tal mentira estaba conformada por Esther –señora de Monterrey–, Ana Chinos, Reich, y alguna otra suripanta que ahora no recuerdo. Ana se sentó sobre la cara de Gael García en la portada de Chilango de este mes, para evitar llenarse las nalgas de tierra.

 

En el medio tiempo, el 2 a 0 tranquilizaba a los jugadores del Real Zamesta, que aún adolecían la derrota de la semana anterior. Aunque pensándolo bien, el carácter juguetón y cabulero del equipo los hubiera mantenido tranquilos así hubieran recibido 10 a 0.

 

Lo que no podía faltar era que el intenso del Juanelo empezara a hacer reflexiones en voz alta, y a dar instrucciones como todo un Carlos Bianchi. Del otro lado, el Capi y el Petito aventaban chistoretes indiscriminadamente para el aliviane del equipo. “Muy bien muchachos, sólo les falta pasarme más el balón”. “Recuerden mi posición –decía el estúpido del Capi– yo juego de Capitán”.

 

¡Ahh!, olvidaba mencionar los paradones que se había aventado Paco durante la primera parte. Sólo vienen a colación porque en el segundo tiempo se rifó todavía mejores atajadas, a pesar del lodo de mierda que se formó en su área chica por la incompetencia de un intenente que activó el aspersor de aguas tratadas, sin darse cuenta hacia dónde.

 

El fragor del encuentro se puso a tope durante la segunda mitad. Los rojos comenzaron a apretar a la defensiva del Real, que simplemente se hizo agua. La consecuencia fueron goles los sucesivos que caían como plomos, para lo cual la delantera debía aplicarse. Tras un par de goles del Capi y del Sam, el marcador se colocó 4 a 3, en un final de fotografía entre las dos partes. El calor, casi visible, se acaloró más con el pique que se traían varios jugadores de los dos equipos.

 

La gota derramó el vaso. Después de una jugada que avanzaba desde el centro del campo, alguien se disponía a cobrar un saque de banda por nuestro costado izquierdo. De repente, un grito de ¡árbitro! distrajo la atención de la jugada. El Monterrey miraba con ojos de toro loco a un jugador ñengo del otro equipo, después de que el primero le había acomodado un puñetazo de campeón en el rostro.

 

No conforme, el Monterrey se le avalanzó con varios y sucesivos jabs que alcanzaron limpiamente la quijada del tipo, por lo que tuvo que cubrirse la cabeza con las manos, tratando de superar la embestida del regio.

 

Ante esto, todos en la cancha trataron de meter las manos. El Sobastián sujetó al Monterrey por la cintura para separarlo el otro tipo, mientras los demás miembros del Real hacían frente al resto de rojos que querían linchar al toro loco.

 

En esto estaban cuando se soltó el Monterrey y corrió a meterle un par de patadas al rojo que, todo madreado, intentaba huir a una esquina de cuadrilátero que no existía, sangrando de la boca y con una falsa sonrisa burlona.

 

La multitud se arremolinaba entorno a un árbitro que no dudó en expulsar al Monterrey. El portero rojo gritaba desde la cómoda y pusilánime distancia de su área: “¡Pinche naco. Árbitro, es un naco. Ni siquiera va aquí. Naco, Nacoooo!"

 

Aunque no pareciera que pasaría, el juego se reanudó unos 10 minutos después, con un ataque de los rojos que supo bien contener el Real Zamesta, para terminar con un 4 a 3 definitivo en los cartones del marcador.

 

El cotorreo no se hizo esperar en la banca, así como un buen regaño y una suspensión para el Monterrey, que platicó tranquilamente con el Berna después de haber armado su numerito.

 

Todo murió en la cancha, en la cual todavía no se asentaba el polvo que desató el choque entre las bestias. La boca del rojo agredido seguía sangrando y el rostro fatigado del resto de los jugadores se enjuaba la tierra con botellas de agua.

 

A la mente regresan frases clichés de la infancia remota en que eran frecuentes estos episodios: Juego de manos es de villanos, decían los papás. Yo prefiero evocar un fragmento del paso doble de Silverio: “Un domingo en la tarde, se tiró al ruedo, para calmar sus ansias de novillero”. Y no puedo más que concluir con la frase que mejor sentencia la ocasión, que hizo famoso al maestro Ángel Fernández: “Fútbol: ¡el juego del hombre!"

Control de lectura 5. Corrección del manuscrito

En este capítulo del texto observamos la existencia indispensable de una especie editorial que es necesaria para darle continuidad al proceso, y que se relaciona directamente con el resto de la fauna de este ecosistema. La etapa de corrección del manuscrito recae en dicha especie por sus particularidades con respecto al editor y al mismo autor.

 

El corrector es una criatura dotada de unos ojos superdesarrollados que mantienen una unión más gruesa con su cerebro, lo que le permite maravillosas habilidades editoriales. Así como una águila puede detectar a su presa a más de cincuenta metros de altura, a un corrector le bastan, a veces, fracciones de segundo para que su vista posada sobre una página del manuscrito pueda identificar errores de legibilidad, unificación, gramática, claridad y estilo, veracidad de la información, propiedad y legalidad, y detalles de producción.

 

La agucia de tales habilidades no tiene nada que ver con una arbitraria relación comparativa con otras especies, en términos de mejor o peor. Se trata del ejercicio constante de las mismas tareas y sus incontables vicisitudes, a través de siglos y siglos de evolución, lo que ha seleccionado darwinianamente a los mejores individuos para perpetrar su oficio durante el tiempo, diferenciándolo claramente de criaturas con géneros y familias afines, como el autor, el editor, el tipógrafo, etcétera.

 

Por ello el autor del libro asegura que existe una ventaja del corrector con respecto al autor, pues es capaz de “percibir la obra con mayor distancia". 

 

En cuanto a esta capacidad de percepción, y a la diferenciación gradual que existe entre los individuos encargados de diversas etapas del proceso editorial, se puede distinguir una aproximación sui generis en cada uno de ellos, ya que van aumentando o disminuyendo los enfoques espaciales hacia la obra, o bien, en términos ópticos, varía el tipo de aumento con que cuentan los lentes de cada una de las especies.

 

Por ejemplo, el autor permanece en una visión casi estratosférica, pues está su mirada en contacto directo con la infinitud del conocimiento, y su capacidad de concretarla en el espacio físico de un libro le hace contar con una habilidad de síntesis límitada, relativamente. Digo relativamente por que el corrector, al contrario, enfoca la visibilidad de su universo sólo en la obra en cuestión, por lo que puede agudizar su atención a aquellos errores conceptuales y cognitivos que presente la obra, así como otro tipo de minucias técnicas y formales que ya he reseñado más arriba. En el final del eslabón se halla el tipógrafo –hablando de un hipotético ecosistema editorial que no cuente con una cadena alimenticia tan extensa en el que se hallen especies como un ilustrador, un diseñador, correctores especializados u otros asistentes; tales son propias de los grandes ecosistemas de empresas editoriales con mayor envergadura–, pues es el tipógrafo la última instancia por la que atraviesa el manuscrito antes de atravesar las impresoras. Éste cuenta con un áugulo de visión estrechísimo, cuya habilidad versa en identificar cualquier problema a erradicar, para llevar a buen puerto la impresión final de la obra.

 

Contrario a lo que sucede en la naturaleza verde y convencional, la cadena alimenticia que he resumido no basa su éxito en que sus miembros se devoren sucesivamente, y en orden de tamaño, sino precisamente al revés; es decir, la cadena alimenticia entera sobrevive si, y sólo si trabajan en colaboración constante para alcanzar su fin último, que es el éxito del libro. Tal contradicción de enfoques acerca a esta última cadena alimenticia a la naturaleza que la define: la naturaleza de una empresa editorial.

 

Prueba de lo anterior es la relación íntima que existe entre el corrector y el autor. El desempeño de cada quien no compite con el otro en ningún momento, sino que, idealmente, se complementa, supliendo la falta de pericia el autor en la detección de errores de estilo, ortografía, orden, uniformiad, etcétera, contra las carencias del corrector, que a pesar de ser una persona con un acervo cultural amplio, no tiene la capacidad intelectual del autor para desarrollar el tema del manuscrito en cuestión.

 

El resultado de esta complementación puede ser desde una satisfacción mutua por el éxito obtenido, hasta una profunda amistad que niegue otro binomio de relación laboral, como alude el texto en el caso de los autores que no trabajan más que con un corrector. Y por el lado contrario, cualquier discrepancia mal abordada puede traer como consecuencia un insulto tácito a la labor y a la persona de cualquiera de las especies que hablamos.

 

En esta última parte es el donde la naturaleza editorial se antepone a la naturaleza verde –valga la expresión–, e involucra lo más profundo del ser humano, que es la inteligencia y el sentimiento –que es la forma más elemental el conocimiento, según el profesor Calvimontes. En otras palabras, en este párrafo es donde el símil con la naturaleza se rompe y hablamos de lo más elevado del ser humano. Oficio de intelectuales, trato de caballeros y pretensiones divinas. No tratamos con el autor, el tipógrafo, el editor, el ilustrador, el diseñador o el corrector. Tramos con Pedro, Juan, Bertha, o quien sea que fuere la mentada persona.



domingo, 6 de abril de 2008

Control de lectura 4. Desarrollo editorial: de la idea al libro

De forma parecida a las misteriosas artes de un taúr, que evoca más al instinto que a la ciencia, el editor debe tener la capacidad de elegir de entre todas las barajas del mazo, aquella que le venga mejor al juego editorial.

 

Contrario a las cartas o a algún otro juego de azar, ésta habilidad no se basa en la suerte, sino en un conocimiento rancio de las etapas de la empresa editorial, así como de sus mañas, virtudes y engaños.

 

El editor en jefe es quien debe seleccionar los manuscritos que sean de su interés, aunando a esto su factibilidad de venta y, por ende, su viabilidad económica. En este pequeño espacio es donde se encierra un gran reto para el empresario de la edición: unir el gusto de alguna lectura, con la posibilidad de vivir de ello.

 

Desde luego, lo anterior no suele ser definitivo. También existen matices entre los dos extremos, que definen la aventura o el negocio de publicar un manuscrito. Lo digo así pues se puede hallar una posibilidad afin con el gusto del editor, pero con dificultades para su distribución o para su impresión, lo que devendría en una aventura económica con grandes posibilidades de riesgo; mientras, también puede un editor valerse del éxito comercial de cierto escritor, o de cualquier tema en boga para aceptar un manuscrito relativo a ello que asegure un buen nivel de ventas, aún en contra de su gusto por él, situación que asemejaría el trabajo del editor más a un estricto negocio.

 

Las instancias sucesivas en la búsqueda de un buen manuscrito son solamente extensiones de las posibilidades del editor. Los empleados de la editorial, el sistema de catalogación de resultados, la metodología de búsqueda, la contratación de consultores y demás recursos son herramientas utilizadas a favor del objetivo editorial, por ello siempre permanecen bajo el consentimiento y la observación del editor en jefe; a fin de cuentas, es él quien tiene la última palabra.

 

En los casos de empresas más grandes cabe la posibilidad de tener diversas áreas editoriales que corran a cargo de editores especializados, situación que no propicia entorpecimientos en lo que plantea el autor, ni en lo que reseñé arriba. Aunque imagino la posibilidad de que manuscritos que involucren diversas áreas de conocimiento puedan generar algún conflicto entre los editores encargados de las mismas. Por lo demás no debería haber mayor problema.

 

No obstante la consideración sobre el peso de la palabra del editor, jefe de la empresa editorial, existen muchísimas posibilidades de realizar la obtención de manuscritos. Depende, desde luego, de las circunstancias específicas de cada empresa editorial, del editor encargado, del tema en cuestión, del público al que se dirige, de los materiales empleados, del tiempo histórico en que se publica, en fin. Cada una de estas pequeñas complicaciones son elementos que un editor talentoso debe saber tomar en cuenta para llevar a buen puerto su labor.

 

Grosso modo, la lectura señala algunas opciones generalmente utilizadas, como la sensibilidad de cada empleado de la editorial, que tenga relación con el tipo de materiales publicados en su empresa y que, por lo mismo, pueda ser selectivo con manuscritos que llegan a sus manos para hacer los llegar de la misma manera al editor. Ésta es la opción más utilizada en empresas pequeñas, y seguro, por el sentido común.

 

También existe la posibilidad de contratar personal especializado, lo que sería el caso de los buscadores de textos. Según la lógica debería de tratarse de personajes muy ligados a los centros de producción de ideas y de sus manuscritos portadores, como las universidades y centros de investigación. Por ello se señala primordialmente a los académicos. En este inciso, la selección de buscadores puede darse por área.

 

Los premios organizados por casas editoriales son una buena herramienta para la selección de manuscritos, pues parecieran ser un convenio muy efectivo para su obtención y retribuyen el talento con una amalgama entre la publicación de la obra y la retribución económica bastante ventajosas para el autor y la casa editorial.

 

Por otro lado, los agentes editoriales señalados por la lectura, parecieran ser una instancia necesaria para autores que, por tiempo, pereza o demás razones no quieran atravesar el protocolo de venta de su obra. Empero, pienso que son menos empleados por escritores nuevos en el negocio y, en lo personal, siempre prefiero atender mis cosas directamente.

 

En el caso de los manuscritos hechos por encargo, existen tantas oportunidades como temas susceptibles de aprovecharse en el mundo. Esta opción, desde mi punto de vista, reflejan el dinamismo de una casa editorial, así como de el talento del editor a cargo para sacar ventaja de las ocasiones propicias. Si en verdad existen posibilidades creativas para un editor, éste es el momento en que dichas posibilidades se reflejan.

 

Dichas ideas pueden maridarse con el plan de ventas que ofrecería una serie, por ejemplo. Explotando lenta y atractivamente un material en términos económicos y culturales, como podría ejemplificarse con lo hecho con Harry Potter. Y aún fuera del ámbito comercial, se puede planear en un esquema de libros de consulta o libros de texto, que tiene un fin más noble.

 

El resto del trabajo, según la lectural, redunda en la necesidad de articular el proceso editorial con el plan de ventas y con su financiación para hacer de una simple impresión de libros, un evento que pueda significar algo para la industria en cuestión. En este apartado no sobra hacer hincapié en la forzosa cooperación entre los editores y los encargados del departamento de ventas, para mantener en términos realistas la realización de un libro. Un ejemplo de esto son las ventas por suscripción, tal como en el caso de los periódicos, pues aparte de que dan bastante solvencia a las empresas –que conlleva la posibilidad de reinversión del capital para mantenimiento de las mismas–, también atan a cierto público con las respectivas casas editoriales para identificar a sus lectores y clientes duros, así como para estudiar a los que pueden llegar a serlo.

Control de lectura 3. Aspectos financieros.

Antes que hacer un desglose textual de lo expuesto en la lectura, creo que sería más provechoso hacer algunas reflexiones acerca de lo que representa la parte financiera de la industria editorial, pues oculta detrás de todo su embrollo aritmético un principio fundamental en la economía contemporánea: toda empresa debe de producir más de lo que invierte. De otra      manera no existe una razón de ser.


Ahondando en lo anterior, sólo faltaría remarcar la existencia de empresas subsidiadas que no persiguen un fin necesariamente lucrativo. En estos casos hay condiciones excepcionales que la hacen funcionar con base en un principio específico, como podría ser el desarrollo cultural –pensando en una empresa estatal, desarrollada por un ministerio de cultura, por ejemplo–, el desarrollo de algún tipo de conocimiento, en el caso alguna entidad de investigación o de una ONG o, tal vez, hasta el hobbie de personas acaudaladas interesadas en la materialización de ciertas temáticas.

 

Todavía considerando estas posibilidades, creo que nunca es prudente restarle ateción al elemento financiero, pues tiene la posibilidad de dar giros extraordinarios y de determinar,  en un momento específico, la existencia de una empresa editorial.

 

Por cierto, el argumento por el cual soy tan insistente en la cuestión de la productividad, traducida en términos económicos, es el hecho de que vivimos en una vorágine capitalista que no tiene misericordia por los ánimos de otro tipo, por muy justificables que estos sean, a menos que se cuente con la ayuda de un capital bondadoso –valga la inverosímil expresión– que nos ayude a tal fin.

 

Es decir, habría que partir de la noción fáctica de que una empresa se mide, en términos pragmáticos contemporáneos, en ceros acumulados a la derecha de un número, antecedidos por un signo monetario –pesos, dólares, rupias, libras, euros, etc. Al entender esto podríamos liberar pasiones insanas bajo la idea de que el dinero no tiene ideologías, ni rostro, ni nacionalidad, ni preferencias sexuales ni algún otro valor intrínseco; se trata simplemente de una unidad de medición que, convencionalmente o no, ha llegado a consolidarse a través de la historia.

 

Por todo lo anterior creo que sería absurdo montarnos en la posición de artistas bohemios y desapegados de las nimiedades terrenales que involucran a la parte financiera de las cosas. En otras palabras, un editor no puede quedarse en el nivel de bibliófilo o de literato empedernido para llevar a cuestas toda la responsabiliad de una empresa. Es necesaria la óptica financiera y, por qué no, su malicia.

 

Como un buen incentivo para superar los calificativos implícitos de vanidad o de ambición que la planeación financiera conlleva, creo que es muy pertinente considerar que en una organización sólo se ve la punta del iceberg, pero que en su profundidad esconde la mayor parte de su cuerpo, que también se ve afectada con cualquier modificación a la cabeza. Quiero decir que el destino del editor es compartido por todas aquellas personas involucradas en la empresa. Desde el autor aplaudido hasta el tipógrafo desconocido, a todos repercuten las buenas o malas decisiones de la empresa editorial.

 

Es por lo anterior que un buen editor no puede tomarse la libertad de actuar visceralmente, haciendo caso a caprichos que se aparten de la razón, pues de su voz depende el bienestar de muchas otras personas relacionadas con su trabajo. Y más aún, el crecimiento de la empresa añade a cada paso personas e instancias beneficiadas, que son el mayor aliciente para seguir por un buen rumbo. En cierto momento se podría identificar, aparte de una mayor derrama económica al interior, una mayor contribución social y cultural para un país o una sociedad específicas.

 

Respecto al resto de la lectura no puedo más que disculparme, pues mi formación universitaria y humanista me hacen desdeñar de alguna manera la trivialidad de los números, es por ello que no abordaré con mayor detalle las consideraciones sobre los costos de preparación editorial, de manufactura, los costos automáticamente variables, los invendibles, los gastos de promoción, el factor multiplicatorio de los diferentes países –bastante intrigante, por cierto–, etcétera.

 

Sólo bastaría decir de ello que son parte de una talacha editorial, que conforma el quehacer cotidiano de las personas que se dedican a ella. Y aunque estoy seguro que tiene su complejidad particular, creo que como todas las matemáticas, no son cuestiones que rebasen la lógica del razonamiento abstracto y el sentido común de las personas sensatas, situación indispensable para tener algún éxito en estos lares.

 

Sólo para regresar a la dicotomía de la naturaleza lucrativo-social de la industria editorial, quiero cerrar con un comentario sobre el último párrafo de la lectura, que dice:

 

El editor, al igual que otros hombres de negocios, tiene una especie de permiso por parte de la sociedad para publicar libros con fines lucrativos. Al arriesgar paga a la sociedad por este privilegio.

 

Mi traducción: la posesión de un nicho estratégico para la distribución del conocimiento humano, propiedad común del mundo, tiene como consecuencia la responsabilidad de ceder espacio a esta noción, antes que al beneficio personal. El equilibrio etre ellos hace la diferencia entre el buen y el mal editor.